En el norte, una pelota se convierte en gelatina, después en un charco de agua, regresa a su estado original y el proceso se repite; afuera, recorren por una pared gotas amargas y transparentes.
Gotas agridulces dejan rastro a lo largo del camino rosado que recorren, salen sin imprevisto y no dan indicación de que van a parar; unas marcas al sur, un órgano tocas sus más dulces y nostálgicas melodías que resuenan en la jaula que lo contiene.
En el centro, salen de sus capullos las mariposas que vuelan de nube en nube, entre tormentas y tornados, contenidas en una bolsa de regalo; al este y oeste yacen veinte plumas (diez de cada lado) cuyas tintas sangran por su largo.
Más al sur, dos grandes postes tiemblan, oscilan de lado a lado, no se caen... al menos no aún; debajo de estos, un platillo choca contra el suelo una y otra vez, el sonido de su tap-tap-tap resuena por el lugar, pero al mismo tiempo no se oye nada.
Es todo un misterio como todo se conecta entre sí, el baile que montan -un hermoso y coordinado baile- no es nada complicado, solamente se tiene que saber cómo funciona el cuerpo humano.
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