jueves, 10 de octubre de 2013

¡Y qué beso!

Durante el día en mi mente nadan ecuaciones de matemáticas, lecciones de historia y datos de biología, acompañados de las canciones que he escuchado ese día, las fotografías que mis ojos han tomado y la memoria de las palabras mencionadas por las personas que he encontrado a lo largo del tiempo, claro, dependiendo de su orden de importancia; pero cuando cierro mis ojos todo pasa a segundo plano, siendo remplazados por cosas más relevantes, como el brillo de sus ojos asemejan a un faro de luz tratando de guiar a los barcos, como el olor de su piel –combinado con el suave aroma de su perfume- no puede ser igualado ni por el de la flor más bella, al igual que su belleza única e inigualable que la hacen –al menos ante mis ojos- la princesa más hermosa de este reino y por último –pero no menos importante- me preguntó si sus labios encajarían con los míos de la misma manera en la que su mano lo hace con la mía: perfectamente; me imagino cómo se sentirán sus labios rozando con los míos, el sabor de sus besos y los efectos secundarios que podrían traer consigo:
¿Acaso haría que mi corazón corriera a mil por hora, que mi cabeza diera vueltas y me quitara el aliento? ¿O tal vez saldrán libres las mariposas que tenía encerradas, permitiéndoles revolotear libremente dentro de mi estómago? ¿Qué tal si mis palmas empiezan a sudar, pequeños temblores empiezan a invadir mi cuerpo o llego a desmayarme?

Sé que el dramatismo y la exageración corren por mis venas, pero no puedo evitar imaginar los distintos escenarios, acciones y personajes que estarían involucrados en el momento de ese beso.

Cuando mis ojos se vuelven a abrir, esos pensamientos quedan como un triste recuerdo guardado en un viejo baúl escondido en lo más profundo de mi ser, de mi alma, de mi corazón; se que rara vez saldrán a la luz, pero me aferraré a ellos cuando quiera sentir la felicidad de recibir un beso de alguien que amo.

¿Qué amo? Nunca mencioné nada del amor, yo no me enamoro –aunque eso no signifique que no me puedo enamorar de una persona, siempre y cuando haya pasado un tiempo determinado donde tenga la seguridad de que mis sentimientos son correspondidos.

Tal vez estoy divagando, siendo ya las 1:17 am en alguna parte del mundo; tal vez mí corazón y mi mente han decidido pelear de nuevo, discutiendo una y otra vez sobre quien tiene la razón.

Razón. ¿Acaso la he perdido gracias a esa persona? ¿O siquiera existió en alguna parte de mi cerebro que se niega a aceptar lo que está frente a él? No me queda más que suspirar en frustración ante los dilemas que se presentan en mi día a día, que más daría por poder cerrar mis ojos en este momento y pensar en ese beso…

¡Y qué beso!

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