Habían pasado la tarde como cualquier otra, perdiéndose en sus bocas, dejándose llevar por el deseo y la soledad; encontrando entre suspiros y gemidos de pasión una distracción del dolor que cargaba cada uno en su alma, hallando consuelo en el calor emitido por sus cuerpos que se movían al son de una melodía creada por los latidos desbocados de sus corazones combinados con el sonido de tela rozándose con tela y los murmullos cargados de erotismo que tenían lugar entre cada jadeo, cada gemido que salía sin permiso de sus labios.
Como siempre, los padres de semejante belleza que se encontraba frente a él, desconocían los actos carnales que tenían lugar bajo si techo, a tan solo unos metros de ellos; confiando ciegamente en su (no tan) inocente y dulce hija cuando ésta última decía que tenía que estudiar con Lucas para un examen sumamente importante o hacer un trabajo que requería toda su atención y por ende, no debían de ser molestados para nada.
"Par de ilusos" pensó él mientras ella se aferraba fuertemente a su espalda, signo de que ella no quería que parara el suministro de besos y mordiscos que estaban siendo dejados a lo largo de su cuello. A él no le importaba que casi todos sus encuentros terminaran de la misma manera; lo que él sentía por ella no era nada más que una atracción potenciada por una llamarada de lujuria -lo mismo se podría decir de ella- y ambos estaba conscientes que su relación tenía ciertos límites, porque no se amaban, y el deseo cesaría*.
Lucas besó una última vez los labios de su amante antes de separarse de ella, ambos tratando de recuperar el aliento que había sido perdido entre besos y caricias.
"¿Tus padres nunca se preguntan qué hacemos encerrados toda la tarde?" preguntó Lucas, recibiendo como respuesta una ceja alzada acompañada de una mirada curiosa de parte de ella "A lo que me refiero es que soy un muchacho que viene todos -o casi todos los días a tu casa y se encierra contigo en tu cuarto" frunció el ceño "¿No crees que es algo sospechoso, Isabella?"
Isabella soltó una risa "Para ellos tu siempre serás la dulce y tierna Lucía" le picó la panza "Y sabes que odio que me llames Isabella"
Él soltó una carcajada, algo que solo solía suceder entre las cuatro paredes que conformaban el cuarto de Isabella, aquel cuarto que había sido testigo de tantas cosas pero a la vez de ninguna. "Sabes que desteto llamarte 'La Parka'" su voz sonaba grave, como si de una madre regañando a su hijo se tratase, pero sus facciones -o más bien, la pequeña sonrisa que decoraba su cara- lo traicionaban.
"Tengo una reputación que mantener" ella suspiró cuando percibió la mueca de descontento que adornaba el rostro de Lucas "Y deberías de agradecerme, nadie nunca ha llegado a segunda base más rápido que tú"
"Que puedo decir..." sonrió arrogante "...soy irresistible"
Isabella soltó una carcajada "Claro, lo que tu digas"
El silencio comenzó a reinar la habitación, cada uno perdido es sus pensamientos; ella pasando suavemente sus manos por la castaña cabellera de Lucas, él trazando círculos perezosos en el plano vientre de ella.
En ese momento algo cambió en el aire, tal vez el tiempo comenzó a correr más lento o tenía algo que ver con el sonido de la lluvia mezclándose con la dulce voz de Regina Spektor proveniente del cuarto de Camila -la hermana de Isabella-, fuese lo que fuese, Lucas e Isabella como un botón era presionado en alguna parte de su alma (en el caso de Isabella) y (en el caso de Lucas) en su ser; una corriente silenciosa recorrió por sus cuerpos, usando como transporte al sistema nervioso y espina dorsal, revelando algo que (cada uno por su parte) decidieron ignorar, dado que ambos odiaban el cambio -algo irónico dado a los cambios que tuvo Lucas hace algunos años- porque el cambio era un lujo que no podían permitirse en esos momentos -algún día, tal vez, pero el tiempo aún no era el correcto
*Capítulo 5, "Rayuela", Julio Cortázar
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