viernes, 20 de diciembre de 2013

E.R.

Nota: Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Introducción

Se había ido a vivir a casa de su profesora Eleanor Rigby. Sí, como la canción de The Beatles.

En realidad se llamaba Miriam, pero le gustaba que la llamaran Eleanor Rigby; no Ele, Eleanor, Rig ni Rigby. 

Eleanor Rigby.

Eso también era mentira, pero en su cabeza fingía escuchar 'Eleanor Rigby' cada vez que alguien le decía 'Miriam'.

Miriam -perdón...- Eleanor Rigby era de baja estatura (no media más de 1.55), tenía pelo castaño y lacio que le rozaba los hombros, uno que otro set de pecas adornaban sus mejillas, ojos pispiretos y una sonrisa que alegraba cada habitación a la que entraba.

Ella era sumamente inteligente y filosófica, característica que la hacia popular entre sus alumnos.

¿Había mencionado ya que era maestra?

Entre las materias que impartía se encontraban Ética y Valores, Historia y Literatura; y su forma de enseñar -emparejada con su forma de ser tan particular- la hacían una persona única y una maestra inigualable.

Una de sus pasiones era escribir, pasión que le inculcaba a sus alumnos mientras sonaba en el fondo una canción de Queen, The Beatles Gogol Bordello -dependiendo del día que fuese; eso, sus gustos musicales, en conjunto con su manera de expresarse le ganaron una gran cantidad de puntos con sus alumnos -incluso a los que no estaban en sus clases- la ponían en la cabeza de la lista de 'Maestros Favoritos' de las escuelas en las cuales sus servicios como educadora eran empleados.

Todos los alumnos la amaban y frecuentemente le preguntaban si era algún duendecillo del bosque o un hada mágica, mientras que otros aseguraban que era descendiente de Bastet (la deidad de la armonía y la felicidad), ya que siempre se le veía sonriente, repartiendo alegría con cada paso que daba y porque no tenía ni un hueso de maldad en su cuerpo.

O eso creían sus alumnos y las personas que la rodeaban, pero eso es otra historia.

Otra cosa que es importante saber de Eleanor Rigby es que manejaba un bocho amarillo -o rojo, dependiendo de la persona que lo viese- que por muy viejo y destartalado que estuviese todavía tenía aguante.

Y en ese bocho amarillo -o rojo- es donde comienza esta historia.

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